39ª Maleta
Puedo evitarte sin disimular cargando la agenda de eventos triviales, poniendo la tele en un canal al azar, conectando Radio 3 por las mañanas y gritando: "!las ochooooo!". Puedo esquivar tu penumbra haciendo brillar mi sombra, dejando la luz de la entrada encendida, manteniendo la cobertura en los trayectos largos. Puedo esforzarme por no pensar, por quitarle hierro a los asuntos que nos cruzan, por poner buena cara a tu tiempo. Pero nunca, nunca te llego a olvidar.
Te pretendo perdida dentro de mi laberinto mental, dificultar cualquier acceso a mis venas que te expanda, cualquier boceto que te proyecte, cualquier cimiento que te asiente y desde el que te eleves por encima de todo lo demás, egocéntrica, egoísta, estúpida tristeza. Te voy a hacer un traje a medida. Uno diminuto.
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Me apresuré a ir detrás de ella. Iba haciendo aspavientos y dando saltos. El bus tenía bajada una rampa de accesibilidad y por ella estaba descendiendo un chico en silla de ruedas. Movía la cabeza y las manos de forma errática, sonreía, estaba muy emocionado, feliz.
- ¡Mira Raúl!¡Ya estamos aquí!, ¿estás contento, precioso? - le decía al chico que no podía contener su alegría. - Ahora vamos a ver nuestra habitación y este botones nos va a llevar la maleta como a los príncipes de Arabia, ¿verdad que sí? - me miró asintiendo.
- Desde luego que sí, alteza. A su servicio - dije haciendo una reverencia ante los dos.
En el bus había otros cinco chicos y chicas más con algún tipo de problema que yo todavía no alcanzaba a entender pero todos con una ilusión que se irradiaba a través de su mirada. Rápidamente un sentimiento de admiración enraizó en mi cabeza. Aquello era totalmente maravilloso.
En el hilo sonaba Leiva





