viernes, 27 de diciembre de 2019

TraicionaNdo

... al subconsciente



Maleta 50ª

Me parece encontrarte entre la multitud cada vez que distraigo la mirada en mil caras. De pronto me salta un flash interior, un fotograma filtrado en la bobina que gira dentro de mi cabeza. No sé lo que he visto, ¿acaso no eras tú?
Activo el escáner para depurar cada uno de los rostros con los que me cruzo pero el gentío es tan denso que estoy desbordado. Ya no sé si has pasado o si sigues ahí. Me revuelvo temiendo el habernos cruzado y perdido la pista, habernos rozado sin electricidad y al instante una alarma me saca del sueño: "Despierta, ya es hora"
Tú no estás aquí.

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- Bueno, ¿y qué hacemos ahora? - pregunté - No podemos dejar al pobre pájaro...
- Al mirlo - puntualizó el barman haciendo como que tosía.
- ... al pobre mirlo - dije enfatizando - ahí enganchado.
- Pues llamamos a los bomberos pero olvidaos de volver a subir ninguno a esa ventana, ¿me oís? - dijo la gobernanta señalándonos de forma amenazante.
- A ver, dentro de la Policía Municipal, hay una división de Medio Ambiente que se llama UMA. Se encargan de este tipo de cosas ya sea flora, fauna, vertidos, humos... - comentó el barman.
- De verdad que cada día me dejas más alucinado, ¿se puede saber de dónde diablos sacas toda esa información?
- Por favor, botones..., soy mucho más...
- ...que una cara bonita - le cortamos canturreando al unísono la gobernanta y yo.

Mientras sacaba el teléfono para hacer la llamada al 092, el mirlo volvió a revolverse y consiguió finalmente atravesar la red. Revoloteó un poco por dentro del patio y enseguida se posó en el canalón justo enfrente de la ventana. Los tres observamos la peripecia en silencio, expectantes.

- ¿Y ahora qué?, ¿se va a quedar dentro? - dije en voz baja.
- ¡Ay, pobrecito! Le voy a romper una galletita de estas de los tes a ver si bajara a la ventana a comer y le pudiéramos sacar por la ventana de la calle - dijo la gobernanta.
- Nah, no serviría. Los mirlos comen gusanos, insectos, frutas y cosas así - comentó el barman.
- En serio tío, me tienes que explicar muchas cosas tú a mí, ¿eh? - le dije totalmente sorprendido.

De pronto, el mirlo se incorporó de su posición, dio unos saltitos por el canalón hacia un lado y se coló de un brinco por uno de los agujeros de la red que estaba más estirado por un enganche que lo sujetaba a la fachada. Se giró, nos miró desde las tejas ya por fuera de la malla y echó a volar dejándonos a los tres como en una foto por sorpresa.

- ¡Solucionado! - dijo el barman dándome una palmada en el hombro. - Ya me llamáis para otro ratito, ¿ok? - y enfiló la puerta de la habitación.
- Venga botones, ¡acción!, que ya hemos perdido mucho tiempo y tengo que hacer la habitación. - dijo la gobernanta poniéndose también en marcha.

Salí de la habitación y empujé en silencio mi carrito cargado de maletas hacia el ascensor pensando que nadie iba a creer la historia de cómo un pájaro nos había tomado el pelo durante veinte minutos. Bueno, un pájaro no; un mirlo.


En el hilo sonaba George Baker 

lunes, 23 de diciembre de 2019

SudaNdo

... bajo cero


Maleta 49ª

Hay un fuego en la estancia que enfría la casa, que absorbe la energía y te deja macilento. Una nana siniestra de caja de música, un bisbiseo espectral que prolonga la duermevela. Un hálito denso, casi corpóreo, escapa de la boca desuniendo el alma del armazón, vaciando la mirada de significado, reduciendo a odre la piel habitada. Un aire ceñido presiona el pecho y congestiona con vacío pulmones constreñidos, oreando en torbellinos la ceniza reposada sobre un paraje yermo, marchito e infecundo.
Hay un dique postizo en una ciénaga inmensa, una cubierta vistosa en un obituario anodino, una fachada protegida en un edificio carcomido desde el techo a los cimientos.

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Sin cambiar la postura circense que había adoptado para subirme al alféizar intenté explicarme.

- Es que hay un pájaro enganchado a la red esta del patio y...
- Ya lo sé. Lo he visto al entrar a limpiar la habitación y he ido a buscar ayuda.
- Pues la ayuda ya está aquí. Venga, agárrame - dije aupándome definitivamente al rebajo - Sujétame las piernas para que pueda asomarme mejor.
- ¡Bájate de ahí ahora mismo, botones! ¿Me quieres matar? Lo paso fatal, por favor te lo pido, ¡bájate! - me gritaba mientras se abrazaba con las dos manos a una de mis piernas tirando hacia adentro de la habitación.

Con una mano apoyada en la pared por dentro de la ventana y la gobernanta haciendo de ancla, estiré la otra mano con cuidado para llegar hasta el pájaro que permanecía enganchado con el pico hacia abajo observando la escena. Tenía un ala, una pata y la cabeza por dentro mientras que la cola y el otro ala estaban por fuera. Con la otra pata se aferraba con fuerza a la cuerda que lo atrapaba. Intenté tirar de él a la vez que separaba un poco el cuadro de la red pero al instante me pegó un picotazo.

- ¡Ay! ¿¡Serás desgraciado!? - le recriminé - ¡Si estoy intentando ayudarte!
- ¿Qué pasa?, ¿qué pasa?, ¡ay! Bájate botones por favor deja al dichoso pájaro, ¡que le den al pájaro!
- Pero, ¿cómo voy a dejar al pájaro ahí enganchado?, ¿y si se muere?, ¿vamos a tener un nuevo amenity en las suites del 'The Level'?, ¿pájaro muerto colgandero? - le dije mientras me bajaba de un salto.
- A ver, ya estoy aquí. ¿qué es lo que pasa?, ¿dónde está el pájaro? - dijo el barman entrando por la puerta directo a asomarse a la ventana.
- El que faltaba..., ¿este es la ayuda que habías ido a buscar? - le dije a la gobernanta.
- ¡Es un mirlo! - dijo el barman con el cuello estirado fuera de la ventana.
- ¿¿¡Pero que también sabes de pájaros!?? - dije alucinado.
- ¿Ves? - me reprendió la gobernanta.


En el hilo sonaba Xoel López

martes, 26 de noviembre de 2019

QuebraNdo

... el silencio



Maleta 48ª

Solo cuando el mundanal ruido se despierta mojado en una fría mañana dominical de otoño podemos escuchar la huella que dejamos tras nuestro paso. Es tan inusual el silencio que resonamos estridentes aun andando de puntillas y nos vemos obligados a modular el tono ofendidos por el retumbo expandido del propio eco, negando siempre en primer término que esa sea nuestra voz, nuestro legado.

Pero lo cierto es que hay que abrirse camino, del verde renaciente al naranja caduco, del blanco gélido al amarillo abrasador, del polen al crujido, de la cima a la orilla, educar, convencer, equilibrar, remover, respetar y merecer. Que la última parada a la que llegue nuestro tren nos dará aquello que un día sembramos y, por acción u omisión, hayamos hecho crecer.

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Estaba en la planta más alta del hotel reuniendo las maletas de los primeros clientes que salían aquella mañana cuando empecé a escuchar una especie de chillido, más bien un graznido agudo y persistente. Me asomé con cuidado dentro de una de las habitaciones interiores ya preparada para ser limpiada y observé que la ventana de seguridad estaba entreabierta. Ahora podía oír también revoloteos intermitentes tras los cuales caían, livianas como copos de nieve, un puñado de plumas oscuras.
Saqué la cabeza de lado mirando hacia arriba y enseguida vi cuál era el problema. Un pájaro luchaba bocabajo justo sobre la ventana enganchado en la red que cubre el patio para evitar, precisamente, que se cuelen las aves. No parecía herido en tanto en cuanto se revolvía y protestaba en su idioma con energía.

- ¿Te has enredado, eh? - le dije como si me fuera a entender - Vamos a ver qué podemos hacer...

Levanté el pie derecho por encima de la cadera para apoyarlo en el alféizar y con las dos manos me agarré con fuerza al marco de la ventana con la intención de auparme. Estaba contando hasta tres mentalmente y de pronto...

- ¡¡Quieto!! ¿¡Se puede saber en qué estas pensando, muchacho!? - me gritó la gobernanta desde la puerta.


En el hilo sonaba Russian Red

martes, 12 de noviembre de 2019

Prend(á)Ndo-me

... de la singularidad



Maleta 47ª

Repartidos por los cuatro puntos cardinales de nuestra personalidad se encuentran los detalles que nos perfilan. A veces son curiosidades sencillas en las que no reparamos, como el lado hacia el que amanecemos girados por las mañanas. Otras son rarezas curiosas, como poner el volumen de la tele invariablemente en un número impar. En ocasiones son manías aprendidas, como cerrar todas las puertas cuando salimos de casa. Y finalmente están las obsesiones que emanan de nuestra esencia, que nublan el buen juicio y nos vuelven primitivos. Excentricidades, chifladuras, antojos, extravagancias... y tabúes inconfesables que atesoramos solo para nosotros mismos y tal vez para aquellos elegidos a los que colocamos demasiado cerca de la zona de ignición.

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- ¿Sabes qué es lo que más me gustó de ti cuando te conocí? - pregunté revoloteando alrededor del carro de limpieza.
- Sorpréndeme botones - respondió la gobernanta tan paciente como de costumbre.
- Pues que siempre tenías algo que comentarme o alguna conversación que sacarme. Contigo me sentí a gusto desde el primer momento.
- Me alegro de que pienses eso. Pero recuerda que es solo porque eres el mejor botones del hotel.
- ¡Y el único!
- Eso también ayuda, sí, pero de verdad, eres muy buena gente botones. Ya sabes que yo no le pierdo el hilo a nada en este hotel. Y te veo hasta cuando crees que no te ve nadie.
- No sé si eso me tranquiliza..., he notado antes un frío en el cogote...
- ¡Calla mosquito! - dijo dándome en el brazo con la lista de habitaciones - y ayúdame con esas toallas anda. ¿Sabes cuántas toallas reponemos a diario en este hotel? ...

Y continuó contándome detalles particulares como hacía siempre que coincidíamos un rato de la jornada de trabajo.


martes, 5 de noviembre de 2019

OrientaNdo

... la mirada


Maleta 46ª

Son increíbles. No nos detenemos a mirarlas a menudo en su cotidianidad, posiblemente cegados por las luces artificiales que compiten por llamar nuestra atención en primer plano, pero cuando somos capaces de difuminar y extender la mirada más allá hay que aceptar que no tienen competencia. Si acaso la intensidad de esas super-lunas redondas y rojizas aumentadas como si se encuadraran en el círculo de un prismático, podrían acercarse a la sensación de inmensidad y menudencia al mismo tiempo que sientes cuando una de ellas te mira...

... pero ya veo que lo que te parece increíble es que no deje de hablar de ellas mientras se me derrite el postre en la mano. Toma, termínalo si quieres; está supremo.

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Al abrirse las puertas del ascensor me asomé con disimulo. La mesa estaba vacía. No había moros en la costa. Salí con el sigilo de un gato escrutando con la mirada cada esquina y cada mueble de aquella nueva recepción. La pared era de un ocre dorado tirando a café mientras que el techo era de un blanco que proyectaba la iluminación indirecta dando a la estancia una especie de claridad dispersa pero cálida. Dos grandes jarrones transparentes servían de base a largas y gruesas ramas de bambú color jade que custodiaban un extraño cuadro tierra con letras negras contenidas en un marco ancho color lino.

- Hola - saludó ella desde la mesa.

Pegué un respingo y me giré con una mueca de susto y los ojos muy abiertos.

- Hola, ¡qué susto! Pensé que no estabas - dije arrepintiéndome de inmediato.

Levantó las cejas e inclinó un poco la cabeza a un lado en un gesto gracioso y dijo:

- 'Veritas Nunquam Perit'
- Em..., ¿perdona?
- El cuadro - dijo señalando tras de mí - significa 'la verdad nunca desaparece'.
- Ah sí! el cuadro,... lo estaba mirando sí... es muy bonito... y con significado claro, no como esos cuadros que no sabes si lo estás colgando del derecho o del revés..., verdad? Ya sabes..., jeje... ejem.

Me quedé ahí en medio asintiendo con la cabeza hasta que logré articular la postura correcta con las manos atrás.

- ¿Necesitas alguna cosa?
- No, gracias. Está todo bien - dijo echando un rápido vistazo a ambos lados de su mesa.
- ¡Estupendo!, pues entonces me voy a la recepción - dije mientras apretaba el botón del ascensor varias veces - Quiero decir a la otra recepción, la de abajo en la entrada..., tú ya me entiendes.

¡Clinnnn! - Oh! sonido celestial - musité para mí mismo. Le sonreí y entré en el ascensor pensando que era el botones más idiota de todo el gremio.

- ¡Oye botones! - voceó desde su asiento - Gracias por la visita.
- ¡Encantado! - contesté justo antes de que se cerrara la puerta.


miércoles, 16 de octubre de 2019

NadaNdo

... con tiburones


Maleta 45ª

Con la inocencia de una niña que cruza el bosque rodeada de peligros sin advertirlos, emerges de un mar en calma como una lámina de agua salada, sosteniéndote suavemente en el límite de la superficie. El agua abraza tu cuerpo y enmudece el ruido que tan fácilmente se propaga por el aire. Se escuchan burbujas y el sonido cadencioso de tu respiración serena.

La relajación es tan profunda que apenas hay sinapsis ni sensación de electricidad. Eres solo un pensamiento que nace ligero en el corazón de la Tierra y fluye a la deriva de la gravedad que lo cautiva. Ajeno, espontáneo, sencillo, elegante. La clásica pureza que atrae más que la sangre. Por la que eres el señuelo más tentador que nunca se ha descrito.

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- ¿Has estado ya arriba en la zona nueva? - pregunté directamente.
- Sí - respondió con un monosílabo.
- ¿Y te gusta cómo ha quedado? - continué buscando más información.
- Sí - volvió a responder con impasibilidad.
- Bueno, ¿y qué es lo que más te gusta? - insistí retorciendo como un sacacorchos.
- La planta de la entrada, según sales del ascensor.
- ¿Planta? - pregunté confundido - ¿Qué planta?, ¿hay una planta ahí?
- Por favor, ¿no te has fijado? Tiene grandes hojas en dos colores. Creo que es un cóleo. - dijo como si tal cosa.
- ... pero, ¿desde cuándo sabes tú de plantas? - dije francamente alucinado.
- Por favor, botones..., soy mucho más que una cara bonita - replicó con un guiño marca de la casa.
- Anda guaperas, ponme un mosto que me ha bajado el azúcar con tu clase de botánica. ¡Vaya con el barman biólogo!


En el hilo sonaba Labyrinth