... por el tiempo consumido.
88ª Maleta
Ya no me siento inmortal aunque la vida siga de nuestro lado. Ya no me puedo mirar sin ver mi cuerpo debilitado. El lento caer de este salto desde el momento en el que llegamos anuncia ¡tierra a la vista! y huele a césped recién cortado. No sé de qué lado estará el juez que sujete el mazo de mi juicio, ni si lo golpeará con la fuerza imparcial de la ecuanimidad. Sólo sé que fue bien tallado con gubia y formón por un ebanista que nunca pensó que su origen fuera el detonante de ningún final.
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Habían pasado dos días desde que nos anunciaran el plazo para presentarse voluntario al ERE que la empresa iba a llevar a cabo. 48 horas desde mi primera reacción airada, resoplando, incrédulo ante una oferta que parecía un suicidio, un mal negocio, un quitarse de encima la responsabilidad. Y el barman no había cambiado la expresión de su cara. Podías ver enseguida que no tenía el cien por cien de su atención, ni en la partida de parchís, ni en la serie de asesinos, ni en hacer la boloñesa... , nada. Se le había quedado una arruga en el entrecejo que no se le quitaba ni dormido en el sofá.
- Oye, Botones - dijo al fin levantando la mirada - Voy a presentarme voluntario para que me metan en el ERE y dejar el hotel.
- Qué..., ¿¡qué dices!? - me salió de sopetón - ¿Cómo vas a dejar el hotel con la que está cayendo en el turismo? Las empresas no contratarán durante un tiempo para recuperarse del palo del Covid - argumenté tratando de convencerle con un miedo que no era el suyo sino el mío propio.
- No me voy a quedar en España, Botones. Me marcho a Indonesia.
Y ahí la arruga cambió de ceño, del suyo al mío. Mi frente tenía de pronto demasiado peso con el que cargar.
En el hilo sonaba Carla Morrison

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