30ª Maleta
Para transformar el mundo hay que tener una energía inagotable de esas contagiosas que te empujan a ir más lejos de lo que nunca pensaste llegar. Hay que dormir lo justo para recargar baterías, mantener los ojos abiertos después de la medianoche, madrugar por la mañana para ver salir el Sol.
Para provocar un cambio hay que ser apasionada, enfocar el objetivo, dejar los miedos atrás. Hay que recoger arena de playas y de desiertos, andar con los pies descalzos, olvidarse de almorzar.
Para proyectar avances, para hacerlos realidad, hay que arrinconar prejuicios, enfrentarse a la verdad, hay que arriesgar la sonrisa en una mesa de black-jack y cuando el casino gane, que seguro ganará, recoger los aparejos, volver a hacerse a la mar.
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- ¿Qué os pareció la fiesta del otro día? - pregunté interesado por escuchar diferentes opiniones.
- Yo lo pasé bastante bien a pesar de tener que trabajar - respondió el barman mientras sacaba brillo a la cucharilla trenzada de los gin-tonic.
- Hombre claro, ¡si te ligaste a la agente esa de los Japoneses! - dijo el maître inclinándose sobre la barra para darle con la palma abierta en el hombro.
- ¡Calla hombre!, que es la sobrina de la gobernanta - replicó hablando entre dientes y abriendo mucho los ojos. Fue este que me la trajo a la barra y estaba tan en su mundo que la chica terminó hablando más conmigo.
- Pero botones, ¿en qué pensabas? No me digas que todavía le das vueltas a lo de la recepcionista aquella..., ¿cómo se llamaba?
- Emma..., ¿vosotros sabéis por qué se fue así tan de repente? - llegué por fin al punto que quería.
- Ya sabes como son esos puestos de rotativos.
- Sí, los de ventas siempre están comentando las nuevas adquisiciones.
- Ahí quería yo llegar, ahí. ¿No son demasiado..., pesados?
El barman se encogió de hombros sin decir nada pero yo ya había hincado el diente y no iba a soltar la presa así como así.

