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miércoles, 1 de abril de 2020

UnieNdo

... los puntos


51ª Maleta

Cada mañana educa la consciencia para sentir su cuerpo despertar y reconocer la postura en la que amanece. Hace unos días que la luz que se cuela entre las varillas del estor de la habitación la desvela y la encuentra invariablemente con la cara girada hacia la ventana.

Por unos segundos trata de recordar si estaba soñando, si su mente la había transportado a algún lugar en el que percibir la frescura del aire en la piel y extender la mirada por algún paraje verde y escarpado como los de su Galicia natal, para detenerse un momento en las sensaciones que evocan los últimos coletazos de una fantasía vivida en primera persona.

Después, trata de concentrarse en conectar los hilos invisibles de su cuerpo empezando por los dedos de los pies. Hace un círculo alrededor del hueso del tobillo y enlaza la pantorrilla a través del puente del talón. Percibe el hueco tras la rodilla y al rodearla la flexiona ligeramente para que la gravedad ayude a deslizar la activación por el muslo hacia la cadera. Se deja llevar por el cosquilleo hasta el vientre y desde allí todo se acelera por el sumidero del ombligo, como un chispazo que recorre la columna desde la rabadilla a la nuca dibujando el contorno de su cabeza hasta la frente. Pestañea suavemente y baja por la nariz, la boca, la barbilla..., y cuando llega al cuello se dispara hacia los dos extremos sobre los hombros estimulando brazos y manos hasta la punta de los dedos y de vuelta al centro del pecho.

Deja para el final, como cada día, los maltrechos pulmones encogidos como dos animales que comparten el calor de su madriguera en un invierno gélido. Trata de expandirlos con dificultad por una mezcla entre dolor y sensación de que ya están ocupados por un aire que no se intercambia y no termina de saciarla por más grandes que sean las bocanadas.

Empieza otro día de aislamiento en la UCI con la única compañía de sus pensamientos y una enfermera que se tomó el tiempo de enseñarla a dibujarse a sí misma en un lienzo blanco lleno de puntos numerados, para seguir peleando por la vida a sus más de 70 primaveras.

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- ... y el dichoso pájaro dio dos saltos, se coló por un agujerito y nos miró como diciendo, ¡ahí os quedáis! - le contaba divertido al jefe de recepción mientras él ordenaba sus papeles con gesto serio.
- ¿Y por qué no me avisó a mí? - dijo sin dejar de remover hojas.
- ¿Eh?, ¿Yo? - dije un poco confundido por su tono.
- ¿Por qué fue a buscar al barman en vez de llamar aquí, a recepción?
- ¿La..., la gobernanta? - pregunté extrañado - Seguramente se cruzaría con él por el pasillo, no sé..., ¿le preocupa algo jefe?
- Tenemos muchas cancelaciones botones, ¡muchas!
- Bueno,... siempre se cancelan cosas, pero otras vienen, ¿no?
- Esta vez es algo distinto. Algo en Asia. Una gripe muy contagiosa. No sé, no pinta bien - dijo con su congoja habitual.
- Siempre tan negativo..., ¡verá como no es para tanto! - dije mirando de reojo los folios que tanto revisaba.
- ¡Y la próxima vez que ocurra algo así me avisa usted! ¡Tengo que saber dónde están mis trabajadores!
- Sí, jefe - dije sin rechistar.

Estaba claro que no era el día de hacer bromas...


En el hilo sonaba Peter Bradley Adams