... frente al espejo.
Cuelga encadenado al techo un reflejo de los luchadores, una contradicción del quiero y el debo, un alter ego archienemigo. Viene, va, se boicotea y acumula pensamientos intrusivos diluyendo la energía sin siquiera concienciarse.
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Pasábamos parte de las mañanas sentados jugando al parchís con las puertas del balconcito abiertas de par en par, sin camiseta, calentándonos como lagartos con los rayos del sol de Abril. El Barman se había empeñado en que teníamos que exponernos sin crema de protección ni nada al menos quince minutos cada mañana para esquivar la depresión de estar todo el día metidos en casa.
- ¿Sabes qué pienso? - le dije mientras meneaba el cubilete.
- ¿Que como no saques un cinco pronto vas a volver a perder? - respondió señalando mi mano apunto de tirar el dado.
- Un seis. ¡Tche!, quieto que vuelvo a tirar yo. - le frené rápidamente. - No, pensaba que tampoco estamos tan mal aquí. A ver, la casa no es muy grande pero esta luz... Seguro que hay mucha gente viviendo en pisos interiores que estarán mucho peor. - dije mientras liberaba de nuevo el dado.
- Otro seis; ¡qué pesado! si aún no has sacado ni una ficha de casa.
- Mira, otras que están encerradas esperando por algo, ¡como nosotros! - dije soltando una carcajada.
- Si sacas otro seis sin haber salido siquiera, ¿qué pasa?. - preguntó mientras pensaba en algún castigo.
- Pues nada, ¿qué más pena quieres que la de no poder avanzar? - le reprimí.
- Ya. Pues fíjate que eso es justo lo que me consuela de nuestra situación. Que estamos todos igual, encerrados en casa sin poder avanzar. - dijo mirando hacia afuera mientras mi dado rodaba por el tablero.
- ¡Cinco! Vamos con dos fichitas para afuera. Esta eres tú y esta soy yo. ¡A jugar! - dije dibujando una ola con la mano.
En el hilo sonaba Daniela Arredondo